Creando una nueva empresa

Creando una nueva empresa:
Existen dos tipos de empresas: las verticales y las horizontales, y aunque ambas produzcan resultados, son bien diferentes. Las verticales se comportan como silos, gobernadas por la meta y el logro, por la planeación y control; mientras que las segundas son cuerpos vivos, dinámicos, circulares, cuya atención está centrada en el sentido que pueda tener el ejercicio, y desde ahí en la motivación de su gente. La idea de fondo es simple: si las personas realmente aman lo que hacen, harán bien su trabajo. El “amor por lo que hace” es lo único que garantiza la calidad de los resultados.

 

Un director “vertical” podrá proponerse un objetivo, trazarse una meta, y obligar una dinámica operativa cualquiera. Pero sin la capacidad de motivar al individuo como un ser, y de construir significado con sus dependientes -de abajo hacia arriba- perderá toda credibilidad; y con ello, la oportunidad de moverse estratégicamente en el medio. Muchas empresas se quiebran y desgastan inútilmente porque no comprenden este principio: NO basta con ser eficientes para ser oportunos y significantes; no basta con tener dinero para ser creativos. La diferencia es EL MIEDO.
Las empresas verticales, por definición, tienen mucho miedo a perder, a desaparecer, a entrar en concordato y/o quiebra; y harán cualquier cosa para mantener su posicionamiento; pero tal vez por eso mismo muchas terminan cometiendo suicidio lento. Apoptosis. Se vuelven autoritarias y impositivas. Y ese conflicto interno se vuelve inevitable. Irresoluble. Inmanejable. Desde el autoritarismo que las caracteriza, estas empresas lineales y patriarcales ya no distinguen las fuerzas sutiles determinantes, vitales en el entorno. Su atención está centrada en acumular y competir; y al perder así la conexión sutil entre el “corazón” y el resultado, dejan de percibirse a sí mismas objetivamente por lo que son y no son; dejan de distinguir entre lo que quisieran que sucediese y lo que está sucediendo, y se vuelven rápidamente rutinarias, predecibles, torpes… aumentando exponencialmente su riesgo de quiebra. El miedo las consume.
Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía, 2002) observaba hace unos años que las economías (y las empresas asociadas) dependen más de factores emocionales que racionales; señalaba que la gente no toma decisiones desde la razón. Pocos clientes compran según lo planeado; y los mercados se comportan igual: no responden a lo que al “cliente” le parezca buena idea. NO son lógicos. Por el contrario, la percepción de “riesgo” –uno de los principales gatillos del miedo, y por lo tanto de la verticalidad- es profundamente ilógica (aunque los ejecutivos afectados suelen negarlo).
Propongo, pues, estudiar con cuidado la reacción del público y los mercados, partiendo a una visión revolucionaria: el tema central es el miedo. Miedo que se comprende, desaparece solo.
Lo que hace la diferencia entre una empresa vital y una condenada a la mediocridad es el miedo, la percepción sutil de estar en el lugar equivocado. ¿Alguna vez ha sentido esa sensación? Entiéndala bien porque de no hacerlo, lo consumirá. Si no comprende la emocionalidad que brota espontáneamente de su mente, si no comprende la soledad y la tristeza como marcadores del camino, el miedo lo atrapará en el remolino de la duda, dejándolo preso de pánico y de la angustia del “fracaso”. No, no. Propongo reinventarnos a diario, desarrollar la capacidad de liderar en los momentos difíciles, hasta comprender la duda y la incertidumbre, y hacer la diferencia. ¿Cómo? Estudiando el miedo. Si logramos comprender el origen último del miedo, podremos refinar nuestra posición, despertar la creatividad, la innovación, el trabajo en equipo y tanto más… sin riesgo o inversión mayor… y las posibilidades se volverían casi infinitas.

 

Al mirar el miedo como recurso valioso (en vez de como problema); al entenderlo por lo que es y no es, el fenómeno hace su metamorfósis: pone en evidencia los errores y equivocaciones, identifica el peligro, señala la oportunidad, le apunta el dedo a los impedimentos subyacentes y con ello, a las soluciones relevantes y oportunas. Cambia así la estructura de pensamiento que nos detiene (vertical y dependiente); y el temor desaparece sólo. Sin tiempo. Sin miramientos. Sin queja. Ensaye. La pregunta no es cómo se hace sino qué lo impide. Bien diría Einstein que uno no puede resolver los problemas con la misma estructura de pensamiento que les dio origen. Al comprender los impedimentos (tal como la suposición y la proyección), surge un potencial insospechado: si nosotros los ejecutivos y empleados nos movemos primero desde lo que sentimos (vs desde lo que creemos), podemos estudiar, no sólo el desarrollo de las ventas, sino la psicología del desarrollo, el arte de ver, la capacidad de fluir. Recursos infinitos.

 

El servicio se volvería entonces un delicado balance entre productividad, creatividad, innovación, visión, estrategia y supervisión… fruto de una emocionalidad resuelta. Sí: cuando la mente deja de juzgar y prejuzgar, en ese instante integra los recursos y procesos a su alcance; suelta el poder y control, como realidades innecesarias, y aprende a vivir “bien”. Aprende a amar.

 

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